Hola, cariño.

¿Cómo te encuentras hoy?

Yo, emocionada de poder escribirte esta Karta en la que quiero contarte algunas cosas de mí que puede que también sean cosas de ti. Más de lo que imaginas.

Empezaré contándote que tardé bastante tiempo en saber que eso que hacía eran traducciones emocionales.

Todo empezó cuando tenía 15 años y mis padres se separaron.

Recuerdo muchas cosas de aquella época, pero sobre todo recuerdo una sensación que entonces no sabía explicar: el miedo a que dejaran de quererme.

Pero entonces no pensaba: «Tengo miedo al abandono».

A los quince años una no suele hablar así.

Simplemente intentaba entender qué estaba pasando. Qué significaba cada gesto, cada silencio, cada cambio.

Supongo que ahí empecé a leer entre líneas.

Y entonces apareció ella.

Nos conocimos en un aula hablando de vocaciones. Yo tenía 15 años.

Bastó una mirada para que ocurriera algo que ninguna de las dos sabía muy bien cómo nombrar.

Después nuestros caminos tomaron direcciones distintas, pero encontramos una manera bastante peculiar de seguir estando cerca.

Nos escribíamos cartas.

E incluso inventamos, sin querer, nuestro propio código.

 

No llevaban remitente.

 

No hacía falta.

Sabíamos cuáles eran las nuestras.

 

Una de aquellas cartas. Años después, aquel dibujo se convirtió en nuestro tatuaje.

Muchísimos años después entendí que aquellas cartas habían dejado algo más que recuerdos.

Porque, sin saberlo, ya estaba haciendo entonces algo que sigo haciendo hoy.

Intentar traducir lo que a veces cuesta decir de frente.

Aunque te aseguro que a los 15 años no tenía ni puñetera idea de que aquello acabaría dando nombre a Kartas Sin Remitente. 

Ni de que esa necesidad de observar, intentar comprender y buscar qué había detrás de lo evidente iba a acompañarme durante buena parte de mi vida.

Porque crecí.

Y seguí haciendo cosas que no siempre entendía.

Tomé decisiones que solo fui capaz de comprender mucho después.

Repetí maneras de relacionarme que, si me hubieras preguntado, habría jurado que nunca elegiría conscientemente.

Y hubo momentos en los que, después de reaccionar de determinada manera, me preguntaba:

«¿Pero por qué narices he hecho esto?»

Hasta que un día empecé a mirar un poco más atrás.

Y aparecieron conexiones.

El miedo a no ser elegida.

La necesidad de sentirme suficiente.

La manera en la que interpretaba determinados silencios.

Las cosas que hacía para sentirme segura.

Las historias que construía sobre lo que los demás hacían.

Y ocurrió algo curioso. Cosas de mí que parecían no tener ningún sentido empezaron a tenerlo.

No porque de repente estuvieran bien. No porque entenderlas las justificara. Sino porque tenían una historia.

Y cuando empecé a mirar así la mía, inevitablemente empecé a mirar de otra manera las historias de los demás.

Dejé de quedarme solo con: «¿Por qué hace eso?» y empezó a aparecer otra pregunta.

«¿Qué tendría que haber vivido esta persona para que esto que está haciendo tenga sentido para ella?»

No para justificarlo.

Para comprenderlo.

Porque comprender una conducta no significa aprobarla.

Significa dejar de mirarla como si hubiera aparecido de la nada.

Y ahí empecé a descubrir algo que hoy está detrás de prácticamente todo lo que hago.

 

Todos hacemos las cosas por algo.

 

Aunque muchas veces ni nosotros mismos sepamos todavía por qué.

Y cuando empecé a comprender esto en mí, ocurrió algo curioso.

Empecé a verlo también en los demás.

Alguien me contaba algo y yo no podía evitar fijarme en lo que había alrededor.

En las palabras que elegía, en lo que repetía, en 
aquello a lo que daba muchísima importancia.
Y también en eso que contaba casi de pasada, pero que a mí me hacía pensar, «espera… aquí hay algo».

Una reacción que parecía demasiado grande para lo que acababa de ocurrir.

Una frase aparentemente inocente que dolía muchísimo.

Una situación que cambiaba de protagonistas, pero acababa siempre de una manera sospechosamente parecida.

Y yo empezaba a tirar del hilo.

Preguntaba.
Unía puntos.
Cambiaba alguna pieza de sitio.

Hasta que, de repente, algo encajaba.

Y entonces llegaba esa frase:

«Hostia. Nunca lo había visto así».

Yo acabé poniéndole otro nombre a ese momento.

 

Uyeye

Ese instante en el que quizá no has solucionado absolutamente nada todavía, pero acabas de ver algo desde un lugar desde el que nunca lo habías mirado.

Y cuando cambia el lugar desde el que miras una historia, aparecen posibilidades que antes ni siquiera podías ver.

Mucho después descubrí que también podía ponerle nombre a eso que llevaba tanto tiempo haciendo.

Traducción Emocional

silencio ≠ abandono
enfado ≠ miedo
control ≠ inseguridad

Ojalá fuera así de fácil. 

Porque una misma cosa puede significar algo completamente distinto para ti que para mí.

Por eso traducir una emoción no consiste en decirte lo que significa.

Consiste en descubrir qué significa para ti.

Qué historia hay detrás, qué interpretación estás haciendo.

Qué aprendiste en algún momento, qué intentas proteger.

Y, sobre todo, si esa traducción que llevas utilizando quizá desde hace años te sigue sirviendo hoy.

Porque muchas veces no reaccionamos solamente a lo que está pasando.

Reaccionamos también a lo que eso que está pasando significa para nosotros.

Y ahí puede cambiar muchísimo una historia.

No porque podamos cambiar lo que ocurrió. Sino porque podemos descubrir desde qué lugar lo estamos leyendo.

Eso es, en esencia, lo que hago cuando acompaño a alguien.

No traduzco a las personas.

Traducimos juntas lo que te pasa.

Y quizá por eso quería contarte mi historia antes de hablarte de títulos, formaciones o de todas esas cosas que normalmente aparecen en una página de «Quién soy»..

Porque puedes saber dónde me he formado.

Puedes saber cuántos años llevo acompañando personas.

Puedes incluso conocer todas las herramientas que he ido metiendo en mi mochila.

Pero nada de eso te cuenta realmente desde dónde te voy a mirar cuando estés delante de mí.

Y eso sí quería que lo supieras.

No voy a mirarte pensando qué te pasa.

Voy a preguntarme contigo.

¿Qué sentido tiene que esto te esté pasando a ti?

Porque probablemente lo tenga.

Aunque todavía no sepamos cuál.

Y quizá de ahí salga nuestro primer Uyeye.

Bueno, cariño, creo que ha llegado el momento de ir despedirme.

Al final te he contado unas cuantas cosas de mí, pero te dije al principio que quizá también fueran cosas de ti.

Así que antes de despedirme quiero dejarte una pregunta:

¿Hay algo de ti que llevas mucho tiempo intentando cambiar sin haberte preguntado todavía por qué está ahí?

No hace falta que encuentres ahora la respuesta.

A veces basta con empezar a hacerse una pregunta distinta.

Nos seguimos leyendo.

Un besazo.

Nuria Bautista
Traductora Emocional

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