Hace unos días, mientras disfrutaba de una breve estancia en Asturias, me encontraba en casa de mi hermana. Y mientras el aroma del café recién hecho se mezclaba con la brisa matutina, mi sobrina, con ojos de curiosidad, se acercó a mí.

—Tía, necesito pedirte un favor —dijo, con una voz que traía ecos de la inocencia de la infancia.

—Claro, dime —respondí, esperando una petición tan ligera como las nubes que adornaban el cielo.

Ella giró su móvil hacia mí, revelando una imagen de una bolsa de playa tejida a ganchillo, con colores que capturaban la esencia del verano.

—¿Podrías hacerme una? —preguntó, con un destello de esperanza en sus ojos.

—Puedo intentarlo, aunque quizás sea más práctico darte el dinero para comprarla; seguramente me saldrá más económico —le dije, con una sonrisa.

—Ya, bueno. Es que mamá me dijo “llórale a la tía” —confesó.

Y ahí estaba la clave. Esa frase, “llórale a la tía”, que tantas veces hemos escuchado y pronunciado, es más profunda de lo que parece. No es solo una estrategia infantil; es una ventana a cómo manejamos nuestras emociones y relaciones.

A menudo, entre mis clientas encuentro a muchas que luchan con la frustración de no permitirse llorar en situaciones adversas. Al profundizar en estas emociones, descubrimos que llorar se ha convertido en su mecanismo inconsciente para provocar pena y obtener lo que desean.

Ver llorar a alguien nos despierta compasión, ternura e inevitablemente, pena. Activar este mecanismo puede ser una forma rápida de conseguir lo que queremos.

Desde el nacimiento, el llanto es una de nuestras primeras formas de comunicación. Pero, si no aprendemos a hacernos responsables de nuestras emociones a medida que crecemos, terminamos permitiendo que nuestro “KER” (EGO/Mente racional) tome las riendas de nuestra vida. Esto implica trasladar la responsabilidad a los demás.

Si mi hermana le hubiera dicho a mi sobrina simplemente “pídeselo a tu tía”, mi sobrina sabría que tenía un 50% de posibilidades de obtener la bolsa. Sin embargo, al decirle “llórale a la tía”, el mensaje es claro: usa tus lágrimas para manipular el resultado. Si no lo consigue, la culpa recae en la tía, no en su propia falta de persuasión.

Esta estrategia de llanto para conseguir lo que queremos no es solo manipulación; es un chantaje emocional.

Tomar conciencia de estos patrones es crucial para romper el ciclo de victimización y manipulación. La culpa proviene de una baja autoestima, que a su vez nace de inseguridades y miedos.

En lugar de enfrentar estos sentimientos, los proyectamos hacia los demás, buscando control y validación externa.

“La culpa es uno de los sentimientos más negativos que puede tener el ser humano y, al mismo tiempo, una de las maneras más utilizadas para manipular a los otros”.

Bernardo Stamateas

Liberarte de la culpa implica asumir la responsabilidad de tus emociones y acciones. Esto te permite actuar desde un lugar de integridad, sin necesidad de manipulación.

Por lo tanto, la próxima vez que sientas que el llanto se aproxima, pregúntate: ¿estoy liberando una emoción o intentando manipular una situación?

La autoobservación sin juicios es la clave para una mejor gestión emocional, menos frustración y más paz interior.

Profundiza en tu crecimiento personal.

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Recuerda:

“Caminando mueves el corazón, con Kaminando Mentes la emoción”.